viernes, 25 de junio de 2010

Cuando escribes

Escribir sobre uno mismo es como regalar pedazos ti, y aún así, está infravalorado. Dejas transparente la piel y puedes ver correr la sangre caliente que va desde la menta hasta los dedos que martillean el teclado o a la mano, que garabatea palabras dándole forma a la vida, mi vida, tu vida, su vida.

Cuando se escribe, nada existe, tu alrededor es solo tu presencia y el sonido se disipa dando paso a las miles de voces que se trasladan con demasiada celeridad de neurona en neurona.

Cuando se escribe, el estomago se cierra, dejando revolotear a las mariposas que suavemente vuelan, eso si, de colores, siempre de colores.

Cuando escribes, no hablas, no pestañeas, no te mueves, solo fijas la mirada en la pantalla, o en el papel donde eternizas las frases que del alma emanan.
Cuando escribes, te desnudas, te vuelves indefenso y la armadura del corazón queda guardada.

Cuando terminas de escribir, a veces, has sentido tantas cosas, que no quieres compartirlas por miedo y las guardas o las tiras, pero a veces, solo a veces, te quedas desnudo, indefenso sin armadura en el corazón y sueltas tus palabras, quedando a merced, de quien las lea, y confiando en que no me falles, confiando en ti, siempre, confiando en tu mirada.


S.M. 25/06/2010